Aquí, en Asturias y en Cantabria, los ríos que no han muerto se
están
muriendo. A sus aguas, los salmones ya no quieren ni asomarse o, quizá,
es
que no les dejan entrar a ellas. De todo puede haber y, de hecho, lo
hay.
Los ríos -y esto no es de ahora- se mueren ante la pasividad y la
inutilidad
de los que deben cuidar de ellos. Se mueren ante la incompetencia,
la
ineficacia y el desconocimiento de los políticos de turno que tienen
la
responsabilidad de cuidar el medio ambiente y no saben, porque lo
ignoran
todo sobre el medio ambiente. La extrema degradación de nuestros
ríos, cuyas
aguas son hoy un fangal impresentable, es su obra y su
responsabilidad pero
nunca la van a asumir. Tienen cara para eso y para
cargarle el muerto a
quien haga falta.
Ahora resulta que el problema es de los furtivos. El descenso alarmante
de
capturas -y, por supuesto, de peces- es, según estos fenómenos de Oviedo
o
de Madrid, culpa de los pescadores furtivos. Yo me pregunto lo que
pueden
saber estos andobas de los ríos: ¿Cuántas horas, en su vida, han
pasado a la
orilla de un río? ¿Cuál es el proceso migratorio de un salmón?
¿Sabrán algo
de esto? No tienen ni idea. Ellos dictan leyes y medidas desde
un despacho,
posiblemente con un póster grande del Cares, del Nansa, del
Sella o del
Narcea, colgado de alguna de las paredes. Es la única referencia
que tienen
de los ríos que deben cuidar. Buscan culpables, pero nunca les ha
dado por
pensar que los culpables pueden ser ellos mismos.
Yo nací a cuatro cuartas mal contadas de la orilla del río. A mí me
arrulló
el Cares-Deva muchas noches mientras sentía sus rugidos. Le oía desde
mi
cama en noches de crecidas cuando bajaba de los Picos todo aquel tsunami
de
troncos de árboles y ganado muerto entre las aguas turbias por los barros
de
Colio que, según cuenta la tradición, teñían aquellos diablillos
lebaniegos,
supuestos habitantes de unas cuevas por donde el Deva se sumergía
en
extraños rituales.
Yo, de mozo, 'trinqué' más de un salmón para poder tener en mi
bolsillo
cuarenta o cincuenta duros. Los veías a flor de agua y algunas veces
hasta
les acariciabas el lomo mientras, casi en la superficie, buscaban aguas
más
calientes por el sol primaveral.
En mi pueblo había, de aquella, bastantes más pescadores furtivos que
los
que hoy pueda haber. Eran gentes necesitadas que con quince o
veinte
salmones arreglaban, mal que bien, el invierno. Pero también, de
aquella,
las mesas del hotel Palacio, en Panes, se llenaban de salmones
'legales' que
todos los días se registraban y precintaban. El río daba
riqueza para todos.
Para unos, muy necesaria para su subsistencia; para otros
era, simplemente,
el triunfo de su aventura turístico-deportiva. Eran tiempos
en los que había
que ser furtivo por necesidad. Y había furtivos, muchos más
que hoy, pero el
río daba para todo.
Hoy, el río lo único que da es pena. Hoy no hay furtivos de necesidad.
El
furtivismo no está hoy en los ríos ni en los montes. El furtivismo
está
instalado en otros espacios, en otros oficios y en otros estamentos.
Pero
«cree el ladrón que todos son de su condición» y del deterioro extremo
de
nuestros espacios naturales, producto de políticas erróneas, inútiles
e
ineficaces (furtivas al fin) se le echa la culpa a los furtivos. ¿A
qué
furtivos, hombre, a qué furtivos? Sí, hoy puede haber furtivos, pero no
son
aquellos que, por necesidad, frecuentaban nuestros ríos en tiempos
de
escaseces económicas, cuando más salmones se echaban a tierra. Hoy a
los
furtivos hay que buscarlos en las entradas de los ríos, o en
sus
desembocaduras, según como quieran verlo. Digo lo de las entradas porque
ahí
está el mal, ahí está el cáncer, ahí es donde hay que extirpar. Por
ahí
entran los salmones en los ríos pero, si no se les deja pasar.
En las riberas del Cares, del Sella, del Narcea o del Nansa, puede
haber
algún irresponsable al que aún le queden reminiscencias de aquellos
años de
la necesidad de ser furtivo. ¿Y qué pueden lograr? ¿Pueden ser ellos
la
causa de esta debacle de nuestros ríos? No hombre, no. El señor delegado
del
Gobierno en Asturias, don Antonio Trevín, que no sabe de que va
esto,
pretende mandar a los ríos asturianos a la División Acorazada
'Brunete'
-entiéndase: efectivos de guarderías, guardia civil, helicópteros
y, si hace
falta, ferroviarios- por tierra y aire. Así quiere el señor
delegado del
Gobierno mejorar los ríos. Este señor se ha creído que esto es
la
'Revolución de Asturias' del 34. No hombre, no. Esto es una cuestión
de
política medioambiental de la que han demostrado que no conocen nada.
Aquí
no se trata de mandar a un nuevo López Ochoa a meter en vereda a nadie.
Aquí
de lo que se trata es de poner orden en los vertidos que
contaminan
salvajemente las aguas. De no permitir redes ni artes depredadoras
en los
estuarios. De poner al frente de estas políticas a gentes que sepan lo
que
es un río, un salmón y una trucha; es decir, que se hayan mojado los
huevos
muchas veces en las frías aguas de los ríos. Y también se trata de
saber
escuchar a los que entienden y saben. A los que, prácticamente,
nacieron
bajo las aguas de esos ríos que ustedes están mandando a pique con
sus
políticas erróneas, con su soberbia y con su ignorancia supina que no
son
capaces de admitir. De eso se trata. Nada más que de eso.
Cesáreo Martín Martínez
Director programa Linde y Ribera, domingos
en Onda Cero
Redactor y coordinador CAZAVISION, dial 80 de ONO
televisión
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